España en libertad
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| Un momento de Charles & Jorge Luis, de Rodrigo García |
Publicado en El Asombrario / Publico.es, 1 de julio de 2026
El día que murió Franco, mi padre nos llevó a mi hermana y a mí al aeropuerto de Barajas a ver despegar y aterrizar a los aviones. La terminal tenía una enorme cristalera desde donde contemplábamos las maniobras y el ajetreo de vehículos y personas cruzando la pista, subiendo la escalerilla del avión para llegar a algún otro país que imaginaba más grande y sofisticado, más luminoso, porque la España de aquella época tenía el tono grisáceo y ámbar de las fotografías cuando se decoloran. Recuerdo las portadas de los periódicos iguales, con la cara macilenta de un caudillo muy viejo que parecía dormido bajo los titulares severos: FRANCO HA MUERTO. Pero a mí me parecía una fiesta no tener que ir al colegio en los tres días de luto que se habían decretado.
Enfrascada en mis fantasías infantiles yo casi no me enteraba de nada, pero en realidad hacía tiempo que, mientras sostenían lo que quedaba del dictador, ahí fuera se estaba preparando el cambio: conversaciones y debates clandestinos en despachos cerrados –siempre hombres, fumando mucho- sobre cómo construir un sistema democrático pleno; reivindicaciones feministas y de diversidad sexual; manifestaciones y protestas multitudinarias al grito de: “¡Amnistía! ¡Libertad!”; exiliados políticos que ya habían regresado sin miedo tras tantos años fuera de España. Está todo reflejado en la película Informe General (1976) que rodó Pere Portabella en los meses posteriores a la muerte de Franco, un documento histórico sobre la situación social y política de aquel momento y los protagonistas del incipiente proceso de cambio, esa parte de nuestra historia que hoy casi se desconoce o se olvida, o que incluso se manipula idealizando unos años que para muchos fueron de hierro y de silencio. En 2015, movido por la crisis generalizada que afectaba a España y al mundo, el director produjo una segunda parte titulada Informe General II que protagoniza la gente de la calle hablando de la situación del país, de la crisis o la política, de lo que les da la gana, o rememorando los años de la represión, lo que vieron y vivieron entonces.
Algunas escenas de esta película de Portabella se sucedían al ritmo de la música en la gran pantalla del montaje Democracia total de Los Voluble –los hermanos Pedro y Benito Jiménez- que abrió el Festival TACHÁN, dentro de la celebración de los 50 años de libertad en España impulsada por el Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática. El festival, que contó con la colaboración de La Casa Encendida, el Círculo de Bellas Artes y el Teatro del Barrio, se desarrolló entre los días 19, 20 y 21 de este mes en la nave de Fomento del Museo del Ferrocarril en Madrid, tomando su título de los personajes de la novela El secreto de las fiestas (1997) de Francisco Casavella: hombres y mujeres tachán, cuyo objetivo en este mundo, al contrario de ‘los sosos que llenan la historia’, es el buen rollo, pasárselo bien. “Queremos que esto sea una gran rave, una fiesta por la democracia”, dijo en la presentación la comisaria del evento Marta García Miranda. “Lo tachán es el celofán de la sorpresa; este festival va de eso.”
Al fin y al cabo, los cincuenta representan el tránsito a la mediana edad, y el montaje Una celebración de Los Bárbaros jugaba con esa metáfora. La actriz Rocío Bello, que integra esta compañía junto con Javier Hernando y Miguel Rojo, apareció ataviada como una noble decimonónica y representando a la Democracia fue desgranando en un ácido monólogo los privilegios y las miserias de la cincuentena –cómo estábamos entonces y cómo estamos ahora, qué hemos hecho y qué nos queda por hacer- y nos invitó a brindar con champán, que se repartió entre el centenar de asistentes que nos movíamos libremente de un escenario a otro por la nave, dándole con fuerza al abanico. “¿Saldríamos hoy a las calles a gritar lo que se gritó hace cincuenta años?”, nos increpó Democracia quitándose la corona. Pero nos volvimos hacia la puerta de la nave porque entraba el Coro Amigos del Ferrocarril entonando el hit de Cecilia Mi querida España, sumergiéndonos a todos en las burbujas de la nostalgia.
En 1976, recién llegado a Madrid, Jorge Luis Borges dijo en una entrevista con Soler Serrano: “La democracia es un abuso de la estadística, nada más.” Sumando esta idea a la teoría de la evolución de Darwin, el dramaturgo argentino Rodrigo García nos enfrentó a nuestro papel como votantes con la pieza Charles & Jorge Luis, donde la performer Paula Robles Alejo, ejecutando un baile hipnótico que iba estampando su sombra en sucesivas pantallas, se fue transfigurando en simia conducida por la voz y la música de Martín Brhun. “En las próximas elecciones generales 37.466.432 primates tendrán derecho a elegir a sus futuros gobernantes corruptos”, rezaba el rótulo en la pantalla final.
Creo que todos nos estremecimos con la pieza Ysabel del artista granadino Ben Attia que abordaba la identidad nacional y el drama de las migraciones, una obra surgida en un laboratorio de dramaturgia con jóvenes migrantes magrebíes y subsaharianos cuyo ejercicio se centraba en la figura de Isabel la Católica. Luego regresaron Los Volubles cuestionando el relato hegemónico de la Transición con su mesa de mezclas y su montaje vertiginoso de imágenes en la pantalla grande, ante la que se movían cómicamente, como muñecos con resorte, los bailarines y coreógrafos Juan Luis Matilla, Paula Quintana, Teresa Garzón y Laura Morales. Y pese al calor, terminamos todos bailando en una rave inesperada, en una especie de comunión espontánea y optimista que nos hacía sonreír como si acabáramos de regresar de un largo viaje.
En el programa que nos entregaron al entrar al festival, dicen Los Volubles que debemos “enfrentar la memoria desde otros lugares, conservar archivos pero no fosilizarlos, rellenar los huecos con historias verídicas”. Quizá después de lo que vimos y sentimos, salimos de esa nave con ciertas intuiciones luminosas respecto a la cuestión de nuestra democracia. Vivimos tiempos peligrosos en los que la incomprensión, la polarización y el odio al diferente están dando alas a los nuevos fascismos, y sus consignas irracionales corren como pólvora encendida por todo el mundo desde la planicie de nuestras pantallas. En la publicación, donde también hay reflexiones de Belén Gopegui y de los participantes en el festival, dice Miqui Otero que un mundo que no sabe recordar ni imaginar “es un mundo sumiso, aparentemente inane y sin embargo violento”. Para no olvidar nuestra historia, hay que seguir pensando si esta democracia que se construyó desde las ruinas es perfecta o podemos imaginar una todavía mejor. Pero como nos enseña el pasado, lo que importa es que la tenemos, y habrá que empezar a protegerla.

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