El Oeste americano de Avedon



Sandra Bennett, twelve year old, Rocky Ford, Colorado, August 23, 1980Photographs by Richard Avedon © The Richard Avedon Foundation
Sandra Bennett, twelve years old, Rocky Ford, Colorado, August 23, 1980
Photographs by Richard Avedon. © The Richard Avedon Foundation

  

Publicado en El Asombrario / publico.es, 19 de junio de 2026 

Observando este retrato que Richard Avedon le hizo a una mujer llamada Ruby Mercer en el festival Cheyenne Frontier Days de Wyoming en 1982, con su impoluto sombrero vaquero y su chaqueta tachonada de brillos, me acuerdo de Dallas y Dinastía, aquellas telenovelas americanas protagonizadas por magnates del petróleo corruptos y avariciosos. Me acuerdo de las mujeres que vivían en aquellos fabulosos ranchos, de sus melenas cardadas y sus dedos de anillos y uñas largas, de sus maquillajes recargados y sus trajes de hombreras y cinturón prieto. Crecimos con la iconografía ochentera de la abundancia americana en largas praderas donde pasta el ganado, maduran los viñedos o brota el oro negro de la tierra. En aquellos mismos años el glamuroso Avedon, retratista de la élite que ya había expuesto en el MoMA y hacía las portadas de Vogue, recorrió ciudades y pueblos a lo largo de veintiún estados fotografiando a más de mil personas anónimas para un proyecto encargado por el Museo Amon Carter de Fort Worth, Texas, que culminó en una exposición y en el libro In the American West, 1979-1984, considerado hoy una de las obras maestras del siglo XX. 

 

Aquí en la Fundación Mapfre se exhibe por primera vez en España la serie completa que Avedon seleccionó para su fotolibro en el mismo orden que se publicó, en una muestra comisariada por Clément Chéroux, director de la Fundación Henri Cartier-Bresson que organiza la muestra, para quien In the American West es sin duda “uno de los libros de fotografía más influyentes de las últimas décadas”. Son 110 grandes retratos en blanco y negro en copias originales de la época protagonizados por la cara B de aquellas telenovelas de ricos, que reflejan la realidad del corazón de un país castigado por la crisis del petróleo y los efectos de las duras políticas neoliberales. Gente corriente, real, que aparece despojada de cualquier sombra o efectismo en medio de una atmósfera invisible. La crítica calificaría después su trabajo con términos como “cruel”, “esnob” o “desromantizado”, diciendo que era una exageración caricaturesca que mostraba un oeste triste. Y Avedon explicaba que sus retratos eran una ficción, sutilmente manipulados para “alcanzar una verdad profunda más allá de la superficie”, para poner bajo esa luz diáfana lo que cada persona es.

 

Durante cinco años, en primavera y verano, el fotógrafo recorrió ferias, pueblos y ciudades del oeste acompañado por dos ayudantes y por Laura Wilson, coordinadora del proyecto, que relató la experiencia en el libro Avedon at Work in the American West, publicado en 2003. Los retratos se hacían ante un fondo blanco y luz natural con una cámara de gran formato, un equipo voluminoso que requería ir cambiando cada vez las placas fotográficas. Durante la toma, Avedon se colocaba junto a la cámara con el disparador en la mano y se concentraba en su modelo: “Estoy lo bastante cerca como para poder tocar al sujeto; lo único que nos separa es lo que ocurre mientras nos observamos durante la realización del retrato. Este intercambio incluye manipulaciones y propuestas varias. Se plantean hipótesis de las que se derivan actos que rara vez podrían realizarse impunemente en la vida cotidiana.” Chéroux, el comisario de esta exposición, cuenta que varios de los retratados describían sesiones de posado interminables, y que a veces tenían que volver al día siguiente para comenzar otra vez. 

 

 

© The Richard Avedon Foundation

Petra Alvarado, factory worker, on her birthday, El Paso, Texas, April 22, 1982. Photographs by Richard Avedon © The Richard Avedon Foundation.

 

 

Aquí está, mirando al objetivo con la fiereza de sus trece años, el desollador de serpientes de cascabel Boyd Fortin, que sostiene un ejemplar descabezado con las vísceras entre las manos. Está el vagabundo Clarence Lippard como un dandi con camisa blanca y americana, que vagaba por la Interestatal 80 de Sparks, Nevada, en 1983. Está la trabajadora Petra Alvarado en El Paso, Texas, con un montón de billetes de dólar en el día de su cumpleaños, con la mirada perdida y quizá triste, que parece cansada. Está el repartidor David Beason de Denver, con su vieja chaqueta vaquera claveteada y sin camisa. Está el minero del carbón Lyal Burr con sus hijos Kerry y Philip. Está ese chaval de Montana de nueve años posando con su rifle y ese otro de Albany, Texas, embadurnado de petróleo porque trabaja en un yacimiento, y también la pecosa Sandra Bennet que en 1980 tenía 12 años, cuyo retrato fue la portada del libro y que años después escribiría una carta a Avedon contándole cómo le había ido la vida. En varias vitrinas se exhibe también el material inédito sobre el proceso de elaboración del proyecto, como las copias de trabajo con anotaciones de impresión o las polaroids con las que registraban el nombre de los retratados y su consentimiento a la publicación de su imagen. 

 

 

Photographs by Richard Avedon. © The Richard Avedon Foundation
Ronald Fischer, beekeeper, Davis, California, May 9, 1981
Photographs by Richard Avedon. © The Richard Avedon Foundation

 

 

Entre los últimos de la exposición está el famoso retrato del apicultor Roland Fisher, que en el libro hace el número cien. Se realizó en Davis, California, a lo largo de dos días en los que Avedon hizo más de un centenar de disparos; le embadurnaron el torso desnudo con feromonas de reina, donde se posaron más de un centenar de abejas. Con su cráneo huesudo y su piel transparente sobre la que zumban –se diría que pueden oírse, de tan nítidas- las abejas, por un momento no me parece humano como los demás, sino un ser luminiscente y misterioso, un dios. Pero después, en la calle, observaré cada rostro anónimo bajo el resplandor de esta mañana de junio y tendré la misma sensación que Rebeca Solnit cuando vio la exposición de Avedon en San Francisco en 1986: un “shock de reconocimiento” entre las personas que caminan ocupadas en sus rutinas y afanes, ocupadas en vivir. “Mis retratados son personas a las que nadie mira”, decía Avedon. “Sin embargo son ellos los que mueven el mundo. Son ellos los que hacen el trabajo.”

 

En su ensayo Sobre la fotografía, Susan Sontag señala el matiz perverso de una cámara: “Hay algo depredador en la acción de hacer una foto. Fotografiar personas es violarlas, pues se las ve como jamás se ven a sí mismas, se las conoce como nunca pueden conocerse; transforma a las personas en objetos que pueden ser poseídos simbólicamente.” Pese a que su disposición parezca a veces algo forzada por la manipulación de Avedon, hay en estos retratos algo espontáneo que no tiene que ver con el instante de la fotografía sino con la condición las personas, con el lugar que ocupan en el mundo, en el país, en aquel tiempo concreto o en cualquier otro. Ninguna fotografía es inocente, pienso, porque la realidad no lo es. “Un retrato no es un parecido”, decía Avedon. “A partir del momento en que una emoción o un hecho se convierten en fotografía, lo que hay ya no es un hecho, sino una opinión. La imprecisión no tiene nada que ver con la fotografía. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad.”

 

Richard Avedon. In the American West, 1979-1984

Fundación Mapfre

Madrid, hasta el 30 de agosto de 2026  

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