Artefactos del desamor

 


 

Publicado en El Asombrario / publico.es, 6 de mayo de 2026 

Al final todas las historias de amor, felices o infelices, se parecen. Quizá solo la forma de narrarlas las hace diferentes. En Artefactos importantes y propiedades personales de la colección de Lenore Doolan y Harold Morris, incluidos libros, ropa y joyas, la escritora y artista visual canadiense Leanne Shapton cuenta el tiempo de una relación y su declive a través de los objetos que una pareja acumula durante sus cuatro años juntos, exhibidos para una subasta ficticia celebrada el 14 de febrero de 2009. El día de los enamorados. El libro, rescatado por la editorial Comisura en 2025, es un catálogo con las imágenes y descripción de esos lotes clasificados y numerados, con su precio, listos para la puja. “Seis ceniceros; en uno, de vidrio verde, dice Pernod.” “Un cuaderno de recortes de revistas de decoración.” “Seis pares de calcetines, algo desgastados.” “Dos sombreros de algodón.” “Una lata de bizcocho vintage de color verde y crema, algo abollada, en buen estado.” “Un molde de cubitos de hielo en forma de corazón.” Todo lo que atesoramos en cajones y armarios, en las estanterías o sobre la mesa o por ahí tirado nos define, es un relato que habla de nosotros. A veces, mejor que las palabras.

 

Es sábado por la mañana en un día soleado, auténticamente primaveral. Ante la puerta de Cabeza de Chorlito, en el corazón de El Rastro de Madrid, empieza a haber mucho movimiento. Esta librería, fundada en 2011 desde la editorial del mismo nombre por la artista Frédérique Bargenter y el fotógrafo Alberto García-Alix, acaba de inaugurar La Sala de Atrás: “un espacio con esquinas redondeadas, una alfombra circular y un sillón giratorio”, donde realizarán exposiciones, instalaciones o proyecciones en torno a las editoriales o los libros, para poder “explorarlos desde otro lugar”, me explica Frédérique. Hoy sus paredes muestran algunos objetos –unas gafas, una medalla, un secador-, con imágenes y páginas del libro Artefactos importantes de la editorial Comisura, que ha convocado a sus lectores a una curiosa subasta.

 

“En realidad este libro narra la típica historia de amor y desamor, pero de otra manera; cuando lo publicamos pensamos que nos arruinaría, pero está funcionando muy bien”, dice Laura C. Vela, escritora y editora junto con Carlota Visier y Jesús Cano Reyes de Comisura, en cuyas colecciones publican obras experimentales o híbridas sobre arte, pensamiento, antropología y memoria, feminismo, fotografía o escritura. “Como era muy difícil contar para la presentación con su autora, que vive en Canadá, se nos ocurrió que también nosotras podíamos celebrar una subasta; el año pasado organizamos la primera en la librería Grant y decidimos repetirla porque tuvo mucho éxito. La propuesta es que la gente traiga recuerdos de ex amigos, ex parejas o cosas que guarden de las que se quieran desprender, pero tienen que contar la historia que las acompaña.”

 

No para de entrar público que se va acomodando en las sillas o de pie, o sentándose en el mismo suelo, y la librería se llena de expectación. “A ver si todo funciona; si no traen nada, pueden subastar algo que lleven”, dice Carlota. “Porque tú también habrás traído algo, ¿no?”, me pregunta. Y claro que podría haber revuelto entre esos cajones donde guardo algún tesorito, pero esta cronista está de servicio, respondo, y solo vino aquí como observadora.  

 

Sobre el improvisado mostrador ya está listo el típico mazo para fijar las pujas. Las editoras presentan el libro de Shapton  y enseguida Carlota, que es profesora de lengua en secundaria, golpea el mazo y abre la subasta con uno de sus exámenes. “Mirad qué bonico, con tres páginas y una grapa”. Cuenta que este año abrió un paréntesis en la profesión para dedicarse de lleno a la editorial “y me quiero deshacer de esta vida”, dice. Y la oferta inicial, con el precio simbólico de tres céntimos la hoja, consigue llegar hasta los dos euros.  

 

Por la mesa de subastar pasará luego Lucía con su fabuloso mosquetón azul, que sale a puja por 70 céntimos. Y el pastillero de Marta, regalo de un novio que ahora está con otra chica del pueblo así que ya no lo quiere guardar, que con un revuelo de celebración alcanza los 3 euros. Las gafas de sol que cuando se operó de la vista compró una madre a la joven que las ofrece por 2 euros, aunque hay un clamor para que se las quede cuando se las prueba, porque le quedan genial. La virgen colorida y kitsch comprada en un romántico viaje al monasterio de Guadalupe, que tras la separación quedó olvidada en un cajón. Dos cuencos que una chica enamorada había comprado para su amigo de siempre, que siempre tiene pareja, con la esperanza de que al fin hubiera algo entre ellos, y la conmoción que provoca esta historia y el aspecto frágil de su dueña irá subiendo la puja desde los tres euros iniciales hasta los 12. El gorro verde con forma de dragón, testamento de una relación que acabó “súper fea”, dice su dueño. Un pequeño peluche llamado Pepe, con el que dormía la ex del chico de aire triste, que sale por 50 céntimos y alcanza los 3,75. Y la última puja es por el mazo que han utilizado Laura y Carlota, con el que han ido sellando, una a una, cada historia.

 

 

Laura C. Vela y Carlota Visier, en plena subasta

En el libro de Leanne Shapton, el lote 1176 es un recibo del Chase Manhattan con un diálogo manuscrito entre Lenore y Harold, los protagonistas de su historia de amor: “¿Sigues queriendo un novio?” “Sí, quiero un novio con los ojos azules.” “Y yo quiero una novia impredecible.” Más tarde, en el lote 1248, Lenore despliega su letanía de reproches en el reverso de la invitación de una galería: “POR FAVOR / contéstame a los correos / Llámame cuando llegues tarde / Muestra interés por la comida / Muestra interés por mis amigos / Agradece los esfuerzos que hago para hacerte feliz / No hagas muecas cuando veas mis cosas en tu piso / No seas tan mandón / No pagues tu estrés conmigo / ¡JoDEr!”

 

Los objetos tienen su propia vida. Algunos formaron parte de la nuestra en otro tiempo y nos recuerdan aquello que ganamos o perdimos, o lo que tanto nos costó aprender. Los conservamos como fetiches en el fondo de un cajón pero después, como nos sucede a veces con las personas, los olvidamos, y cuando volvemos a encontrarlos hemos cambiado tanto que ni siquiera los reconocemos. En la subasta ficticia de Artefactos importantes había también un ejemplar de 1962 de El gran Gatsby de Fizgerald  –“edición en tapa dura, lomo desgastado”- donde Harold escribió a boli en la esquina de una página el estribillo de una canción de Paul Simon: “La mitad del tiempo estamos fuera, pero no sabemos dónde / y no sabemos dónde.” Tenía un precio de salida de 5-15 dólares, y nada me hubiera gustado más que pujar por él.

 

Comentarios

Entradas populares