
Publicado en El Asombrario / Publico.es, 21 de septiembre de 2026
Antes del mundo digital, lo primero que hacíamos tras las vacaciones era llevar a revelar nuestros carretes de fotos, y al volver a la rutina repasábamos una y otra vez esos instantes de papel donde habíamos atrapado el sol, la arena, las casas blancas de alguna calle, los barcos varados en algún puerto con los que habíamos soñado cruzar el mundo. Había una marca de película que lo coloreaba todo con unos tonos purísimos de azules, rojos y verdes. Lo estoy recordando porque en esta mañana de septiembre todo en el parque de El Retiro parece estar fotografiado con uno de aquellos carretes, tan irreal, un poco estridente. Hay nubes con mofletes colgando de un cielo turquesa sobre las copas de los árboles, bajo cuya umbría destaca el paraguas amarillo con el que pasea una mujer y el pantalón rojo de aquella otra que está abrazando, igual que se abraza a un amante, el torso de un castaño. Ella sabrá por qué.
También el Paseo de Coches está salpicado de colores que fluctúan entre la luz y la sombra, de gente que pasea, patina o corre como la chica de la camiseta malva que lo recorre arriba y abajo, incansable. La veo pasar por segunda vez mientras contemplo los paneles de la exposición Emociones en peligro del fotógrafo Tim Flach (Londres, 1958), famoso por sus retratos de estudio con animales en los que atrapa ciertas actitudes casi humanas, rasgos únicos que parecen revelar su personalidad o sentimientos. Esta muestra es una selección de su proyecto Amenazados, que durante más de dos años llevó al artista por todo el mundo retratando especies en extinción para señalar el progresivo deterioro del planeta y la vulnerabilidad de sus ecosistemas.
Sobre la frente de un macaco negro crestado, que lo escudriña todo desde un panel de la exposición, se refleja el paseo flanqueado por los árboles. Los granjeros indonesios cazan a estos primates porque se comen los cultivos que ocupan hoy los bosques donde antes se alimentaban, y además los sirven como exquisitez culinaria en los banquetes de boda. Todo nos parece siempre humano en los primates, como el beso que se dan los dos bonobos en la fotografía que muestra otro panel; quizá estén enamorados, o se despiden antes de atravesar el Congo para huir de las guerras que los están diezmando. O la forma en que bebe agua de su mano Djala, un gorila occidental de la llanura que ha vivido 30 años en el santuario de una fundación británica en Gabón para superar el trauma que le produjo en su infancia la masacre de su familia a manos de los furtivos. Algo más allá un mono tibetano de nariz chata, con sus gruesos labios rosados y esos ojos que se tensan hacia las sienes, parece el protagonista en la portada de alguna revista del corazón.

Dice Flach que en sus imágenes trata de contar “la historia que hay detrás de estos animales, quiénes son y qué significado tienen”. La mayoría de ellos sobreviven a duras penas por la desaparición de su habitat. Como el picozapato —qué fabuloso nombre—, un pájaro tranquilo y solitario que no teme a los cocodrilos y vivía cazando peces y reptiles en los humedales de África oriental, hasta que empezaron a desecarlos para hacer pastos o vertederos. O como el ajolote, que era casi un dios para los aztecas y hoy tiene que subsistir en el exiguo sistema acuático que queda en torno a Ciudad de México, muy contaminado por pesticidas, heces y basura. O como el león africano, rey de un ecosistema que va desapareciendo y que desde los años noventa del pasado siglo ha reducido su población global casi a la mitad. El que aparece en este retrato de Flach con su rubia melena y una sonrisa tan bondadosa se llama Félix, ha protagonizado algunas películas y vive en el centro Hollywood Animals de Santa Clara, California, con otros actores osos, tigres y leopardos.
Casi todos los animales cargan con la tragedia de compartir planeta con la especie más depredadora y destructora: nosotros. Como este caballito de mar neozelandés que en el retrato parece un purasangre, del que cada año el tráfico de mascotas captura millones de ejemplares que luego sobreviven apenas unas semanas, o los dejan secar y morir al sol para venderlos como suvenir. Los hipopótamos, como el que aquí bucea feliz rodeado de peces, son el nuevo objetivo de la caza furtiva por sus enormes caninos tras la prohibición del comercio con el marfil de los elefantes. Con los huesos del tigre de Bengala, del que se han extinguido ya tres de sus nueve subespecies, elaboran valiosos vinos y medicinas tradicionales. En su retrato, Flach detiene el momento en el que un tigre sacude su formidable cabeza mojada, y es como si los millones de gotas que giran a su alrededor dibujaran la elispse de una nueva una galaxia.
Por suerte El Retiro aún es un delta en medio del asfalto. Más allá del paseo, entre su espesura, hay pichones y patos dormitando sobre la hierba, perros persiguiendo pelotas, mirlos que buscan lombrices, abejas zumbonas, alguna ardilla que vigila desde su rama. Una joven pareja ha extendido una manta en la pradera y está cambiando a su bebé, y su cuerpecito desnudo es tan vunerable que me acuerdo del proteo retratado por Flach que he visto en la exposición, de los bracitos que surgían de su piel blanda y cerúlea y de su cabeza sin ojos. Parecía tan frágil como el bebé y sin embargo fue una de las pocas especies que sobrevivió al impacto del meteorito que hace millones de años destruyó la vida en la Tierra. Pero como es ciego nunca ve a su pareja, informaba el panel.Dice Tim Flach que una fotografía es interesante cuando ensancha nuestra experiencia, cuando podemos ver en ella aquello que la mirada sola no capta. Lleva toda la vida retratando a los animales, a los que ha dedicado ya tres libros: Equus, Dogs Gods y More than human. En sus imágenes siempre se muestran cercanos, como si en vez de ocupar ese lugar que las leyes naturales sitúan por debajo estuvieran en el mismo escalón de la pirámide que nosotros, dueños también del mundo, disfrutando de nuestros mismos privilegios. Y así es como parecen interrogarnos desde estos retratos: como los hermanos que habitan con nosotros en la misma casa.



