Helen Levitt, la poeta de Nueva York

 

Hellen Lewitt. New York, 1975. © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne
Helen Levitt.  Nueva York, 1975

 

Publicado el 31 de marzo de 2026 en El Asombrario / publico.es  

A veces pienso que las ciudades ya no son de nadie, tan parecidas todas; una monotonía de edificios, escaparates y reclamos bordeados por coches y seres acelerados como prolongaciones de pantallas andantes. En mi infancia las calles aún nos pertenecían un poco, jugábamos junto al portal o íbamos solos al parque –siempre había un parque cerca aunque solo fuera una explanada terrosa con algún banco- a buscar tesoros enterrados o a rodar por algún terraplén. Las ciudades, Madrid entonces, tenían cierto carácter doméstico, cercano, con un pequeño mundo en cada barrio.  

 

En las calles de Nueva York que Helen Levitt (1913-2009) fotografía en los años 30 y 40 del pasado siglo se ve una ciudad que parece a medio hacer o a punto de derrumbarse, que apenas empieza a resurgir de la Gran Depresión y vive de puertas afuera. Una ciudad, decía ella, cuyo “tamaño y carácter variado hace aflorar constantemente material para mi cámara”. Levitt, que a los 18 ya había decidido ser fotógrafa, impartía clases de arte en una escuela del East Harlem, y mientras iba y venía se fijaba en los niños, que estaban por todas partes: junto a los portales, asomados a la ventana, jugando o corriendo calle abajo, riendo, llorando, haciéndose burla, fumando, trepando a algún árbol que sobrevivía a duras penas en la boca de un callejón. O pintando con tiza en las paredes y en las aceras estrafalarios monigotes, mensajes tontos, un botón imaginario para acceder a un pasaje secreto. A Levitt le gustaban tanto estos grafitis que llegó a crear un archivo con más de 150 imágenes y su trabajo despertaría el interés del MoMA, que le dedicó una exposición con el título Photographs of children en 1943, cuando la fotografía apenas entraba en los museos.

 

 

New York, c. 1939. © Film Documents LLC, courtesy Zander Galerie, Cologne
Helen Levitt. Nueva York, c. 1939

 

 

Aquí, en el amplio recorrido que la Fundación Mapfre le dedica, están esas instantáneas en blanco y negro que Helen Levitt tomó en las calles del Harlem hispano, en Yorkville, en el Lower East Side. Siguiendo el consejo de Walker Evans, con quien había estudiado y compartía estudio, utilizaba un visor de ángulo recto que le permitía disparar sus fotografías sin que nadie se percatara de que estaba apuntando con su cámara. Cuando en 1940 la revista PM’s Weekly le publicó un puñado de estas instantáneas, tituló: “Una nueva fotógrafa descubre Nueva York”. En aquellos años también entabló amistad con el escritor James Agee, que en 1946 escribiría el prólogo de su primer libro, A Way of Seeing, aunque no se publicó hasta 1965, cuando la fotógrafa tenía 52 años.

 

Una mujer sentada en su ventana, con medio cuerpo fuera, observando quizá a esa vecina flaca que riega la calle con su manguera o a las que charlan con el mandil puesto sentadas en sillas a la puerta de su casa; los críos que corren tras el carro de los helados en una avenida extrañamente vacía; la muchacha que se abraza a su madre en la puerta de un comercio; el chaval pensativo que sostiene una pistola de juguete o el que levanta con curiosidad la falda de esa niña, o el que se ríe de esa otra que llora desconsolada contra un coche. Nueva York es aquí una calle viva donde están sucediendo todos los relatos, en un tiempo que parece transcurrir a la vez lejos y cerca. Helen Levitt pasó toda su vida en la ciudad, salvo un viaje que hizo a México en 1941. Allí también se fijó en los niños y en los matices polvorientos y grises que lo embadurnaban todo de pobreza; las imágenes de este viaje se publicarían más de 50 años después, en 1997.

 

 

New York, c.1940. © Film Documents LLC, cortesía Zander Galerie, Cologne
Helen Levitt. Nueva York, c. 1940

 

 

A mediados de la década de 1940, Levitt y su amiga Janice Loeb comienzan a filmar las calles con una cámara casera, y junto con James Agee dan forma al cortometraje In the Street considerado hoy precursor del cinema verité, que se estrena en 1952. Proyectada en una pantalla al otro lado de la sala, la ciudad cobra vida de pronto y se diría que los personajes que Levitt dejó detenidos en sus instantáneas están aquí mismo, burlándose del tiempo, de nosotros. Durante las dos décadas siguientes se dedicará al cine, hasta que en 1959 obtiene una beca Guggenheim para experimentar con el color. Las fotografías de esa serie irradian una especie de bruma nacarada donde los pequeños acontecimientos cotidianos adquieren un carácter teatral y sobrio a la vez, envueltos en ese color “transportador y transparente”, como los define el texto de la cartela, que la artista llevó después al papel mediante transferencia de tintes.   

 

En los años 70 Levitt regresa al blanco y negro para una serie en el metro de Nueva York donde con su disparador escondido en la manga capta, viajando mansamente en los vagones, el cansancio o la desidia de una ciudad cuya rutina ya es distinta. Pero también hay cierto resplandor de ternura que parpadea en los túneles: la forma en que se mira esa pareja abrazada bajo el grafiti que dice “voice of the ghetto”, el hombre junto a la ventanilla que sostiene la cabeza del bebé dormido en su regazo, los sueños de esa mujer que sonríe con los ojos cerrados sosteniendo contra el pecho su enorme magnetofón.

 

“En la fotografía hay una realidad tan sutil que llega a ser más real que la realidad”, decía Alfred Stieglitz. En las imágenes de Levitt la realidad está teñida de humanidad, de una profunda comprensión por la vida y el modo en que las personas la cruzan; su mirada es la de alguien que constantemente está descubriendo algo nuevo en la misma ciudad que ama y que ya conoce. “La gente piensa que me gustan los niños, pero no más que el resto de las personas. Solo sucedía que eran los niños los que estaban en la calle”, decía Levitt.

 

En los años 90 le otorgaron el título de “poeta laureada no oficial” de la ciudad. Quizá en un alarde de vanidad, Walker Evans llegó a decir que los únicos fotógrafos de su tiempo que tenían algo que decir eran Cartier-Bresson, Helen Levitt y él mismo. En el prólogo para su libro A way of seeing, James Agee escribió que sus fotografías representaban “una visión unificada del mundo, un manifiesto no insistente pero irrefutable”. Y eso es precisamente lo que, mientras recorro conmovida la muestra, me parecen todas sus imágenes: manifiestos, poemas. 

 

 

Helen Levitt

Fundación Mapfre Madrid

Hasta el 17 de mayo de 2026  

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