Capitán Barrio

Una reunión del club de lectura Capitán Barrio 

  

Publicado en El Asombrario / publico.es,  9 de marzo 2026

Parece que vivamos en medio de un derrumbe. La actualidad nos devuelve las escenas de una especie de apocalipsis lento adornado con frivolidades que nos está infectando de desánimo. O de un peligroso nihilismo. A veces tenemos la sensación de que nuestra mente sucumbirá a ese gallinero ensordecedor de las redes, que nuestra vida quedará en manos de los excéntricos poderosos –los nuevos fascistas- que dominan hoy el mundo con su totalitarismo sofisticado. Este capitalismo de la atención moldea ciudadanos individualistas que van perdiendo su facultad de crítica o análisis, y la capacidad de comprender al otro. Frente al presentimiento de ese futuro deshumanizado, quizá la verdadera rebelión es pensar. Pensar para actuar y no perder la esperanza.

A la editorial Capitán Swing y al Teatro del Barrio les mueve un propósito similar: hurgar en la realidad y provocar la reflexión en espectadores y lectores. La intención con la que surgió este teatro en 2013, en el barrio madrileño de Lavapiés, fue además la de participar del movimiento ciudadano que planteaba la necesidad de buscar otra forma de vivir. Y así lo manifiesta su página web: “Nos anclamos en la felicidad, la libertad, la horizontalidad, la igualdad y la búsqueda del bien común. Huimos del pensamiento único: cuestionamos, participamos, debatimos y nos formamos para replantearnos las viejas formas. Creemos en que otros relatos son posibles”. Por su parte, Capitán Swing propone desde sus colecciones de ensayo y narrativa “una línea editorial tan crítica como propositiva, pensada para orientarnos en un mundo cada vez más convulso, tratar de combatir la idiocracia dominante y evitar tropezar con las mismas piedras, con la esperanza de que algún día todo mejore”.

Fruto de la colaboración entre la editorial y el teatro, en 2024 surgió la idea de crear un espacio de encuentro “para mentes curiosas y lectoras”: un club de lectura con identidad híbrida –virtual y presencial- del que ya forman parte más de cuatrocientas personas, con encuentros en el teatro el primer lunes de cada mes. Y lo llamaron Capitán Barrio. “Un día vinieron Blanca y Rocío de la editorial a proponer hacer algo en común”, me cuenta Ana Belén Santiago, directora artística del teatro. “Creo que la idea de un club de lectura ya estaba sobre la mesa pero no sabíamos cómo montarlo: organizar un encuentro de la editorial con sus lectoras y con la gente que hacemos Teatro del Barrio; para nosotras fue como pedir un deseo y tenerlo.”

En la antesala del teatro, donde charlo con Ana Belén y con Eduardo Cimadevila, responsable de comunicación de Capitán Swing, hay un pequeño bar con un puñado de mesas para poder tomar algo antes de cada representación. Aquí todas las paredes están pintadas de un rojo brillante, energético. Hoy es lunes y no hay función, pero en un rato comenzará en la sala contigua el encuentro mensual del club de lectura. “El proyecto surgió desde las inquietudes compartidas”, me explica Eduardo. “Gracias a que el teatro cede el espacio, las sesiones son gratuitas; nuestra oficina está muy alejada y no teníamos dónde acogerlo. Es un sitio muy céntrico y en la editorial nos molaba también cierta cuestión territorial porque está en Lavapiés, un barrio que sufre la gentrificación y está muy politizado, con gente muy comprometida.”

Tanto los temas que salpican la programación del Teatro del Barrio como la propuesta editorial giran en torno a cuestiones candentes y actuales: feminismo, activismo, diversidad, cambio climático, capitalismo, democracia, economía. “Nos encanta dar espacio a uno de los placeres de la vida que es la lectura, y además somos admiradoras del catálogo y la línea de Capitán Swing, muy fresca y a la vez con una mirada profunda sobre los desafíos y conversaciones contemporáneas”, dice Ana Belén. “Desde el teatro también hay cierta cuestión de militancia sobre la propuesta social o política que podamos hacer, tratar de hablar de un mundo que se puede transformar con nuestro pensamiento y nuestros gestos.”

Cada mes, la propuesta lectora es complementaria a alguna de las obras en cartel. Son libros fundamentalmente de no ficción, lo que diferencia Capitán Barrio de los clubes de lectura tradicionales centrados en la narrativa, me explica Eduardo, y las sesiones cuentan siempre con la participación de algún miembro de la editorial o del equipo teatral. “No creo que haya un tema concreto que funcione mejor que otro”, dice. “Intentamos que sean muy variados y hay algunos libros que pueden resultar más arduos, pero que recuperan el valor y el placer de la reflexión, del aprendizaje, de la apertura a otras opiniones o puntos de vista. Aunque alguna sesión ha tenido más éxito de aforo como Malismo de Mauro Entrialgo, que contó con la presencia de Ignatius Farray y el autor. O como Enseñar a transgredir, de bell hooks, que sirvió para pensar en los mecanismos de escritura de una mujer negra; un libro que además fue muy inspirador para nosotros porque estamos haciendo un proyecto pedagógico con adolescentes sobre la relación que tenemos con las jerarquías del conocimiento, que está funcionando muy bien.”  

Varias personas se acomodan ya en la sala donde se celebra el club de lectura Capitán Barrio, ocupando las sillas dispuestas en círculo. La sesión de hoy gira en torno al libro Víctimas perfectas, un alegato contra el concepto occidental de víctima escrito por el poeta y periodista Mohammed el-Kurd, donde se pregunta –nos pregunta- por qué los palestinos deben demostrar al mundo su humanidad para ganarse el témino, mientras padecen una violencia devastadora cuya verdad se oculta deliberadamente. Claudia Pérez, de la editorial, introduce algunos datos biográficos sobre el autor destacando su juventud, y al otro lado la mujer de azul comenta que, pese a cierta dificultad de lectura, el libro le ha gustado “muchísimo”. La joven del jersey blanco señala la habilidad del autor a la hora de exponer el tema con profundidad pero “sin pesadez” y la manera de tratar con cierta contención las “barbaridades” que sufren los niños; le gusta especialmente la ternura que despliega contando anécdotas de su abuela.

Hay un murmullo de indignación al señalar la utilización de eufemismos para hablar del conflicto y la negación del genocidio que está ocurriendo en Palestina, y una de las asistentes expresa su impotencia porque la reflexión no llega, ya que todo el mundo se deja llevar por la simplificación de los discursos que está generando la IA. Al hombre de la camisa a cuadros le llama la atención la idea que traslada el-Kurd en su libro: la necesidad de rehumanizar la figura de esas víctimas perfectas que encajan en los discursos y en nuestras conciencias, pero cuya humanidad también siente el odio y la rabia, la impotencia que les provoca su trágica situación.  

Durante el animado debate se habla además sobre racismo y violencia, sobre las narrativas del sistema y el auge de la ultraderecha, sobre feminismo. Luego hay un intercambio de opiniones en torno a una frase extraída del libro donde, pese a todo, el autor introduce alguna nota de humor quizá un poco negro: “Ser palestino es una alucinación”.  Y todo el mundo se muestra de acuerdo en la necesidad urgente de construir hoy esperanzas utópicas. “Nosotros”, concluye Claudia, “publicamos libros para la esperanza y la utopía.”

Las próximas lecturas del club proponen los ensayos Buenas y enfadadas, de Rebecca Traister, y Antifa. El manual antifascista, de Mark Bray, y entre sus novedades editoriales Capitán Swing abordará el problema de la vivienda con Generación inquilina, de Javier Gil.  Sobre las tablas del Teatro del Barrio, Luis Bermejo contará sus quehaceres en el monólogo Hoy tengo algo que hacer, Olalla Hernández danzará con furia en Solo quería bailar, la adaptación de la novela de Greta García, y Juan Mayorga volverá a interpretar al viajero insomme de su texto La gran cacería.   

En su grueso ensayo La obsolescencia del hombre, publicado en 1980, el filósofo alemán Gúnther Anders reflexionaba con oscura ironía acerca de cómo el ser humano se iba quedando atrás en la era de la tecnocracia y la tecnología de la comunicación, que entonces se limitaba a la televisión y la radio: “Un individuo inculto solo tiene un horizonte de pensamiento limitado, y cuanto más se limita su pensamiento a preocupaciones mediocres, menos puede rebelarse. Debemos conseguir que el acceso al conocimiento sea cada vez más difícil y elitista. Que la brecha entre el pueblo y la ciencia se amplíe, que la información destinada al público en general se anestesie de cualquier contenido subversivo.”

 Ahora más que nunca, que la actualidad nos resulta tan descorazonadora, hay que apostar por la cultura y el disfrute del conocimiento. Por los libros. “La cultura es una barricada que no podemos dejar caer”, dice en su web Capitán Swing. “Nuestros medios son la cultura y la fiesta: teatro, música, poesía, baile”, dicen en el Teatro del Barrio. Sí, mantengamos a salvo la auténtica rebelión donde siempre estuvo: en nuestro pensamiento.

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