El arte de la luz
Historias de luz, del grupo Estudio Eyerberg |
Publicado en El Asombrario / publico.es, 17 de febrero 2026
Es viernes, está anocheciendo y en Vitoria-Gasteiz no llueve. ¡No llueve! Pese al frío, hay mucha gente en las calles y terrazas, paseando por la plaza de la Virgen Blanca y charlando mientras los niños juegan al pie de su estatua alada. Al otro lado, en la plaza de España, se ha congregado una multitud expectante. Enseguida, en la fachada del ayuntamiento comienza a proyectarse Historias de luz, una transparencia luminosa que va dibujando los balcones y columnas con vibrantes luces amarillas, azules, verdes, que prende el reloj en el frontón y lo hace brillar redondo allá arriba como si fuera el sol. Sobre la música en crescendo, una voz nos habla de la naturaleza y el tiempo, de nuestra historia, de la misteriosa energía que transforma la vida. “Luz, hasta dónde puede llevarnos tu magia”, dice. Y luego todo se apaga y el eco de un aplauso emocionado queda flotando en el cielo de la plaza.
Este montaje vitalista del grupo Estudio Eyesberg fue una de las obras que integraron, bajo el lema Luz que une y comisariada por Carlos Torrijos, la quinta edición del UMBRA Light Festival, un evento que congrega cada año a más de cien mil espectadores para descubrir proyecciones de gran formato, instalaciones de luz y videomapping de reconocidos artistas en lugares emblemáticos y edificios de Vitoria-Gasteiz, y que convierte la ciudad en un museo libre y efímero. Dialogando con la arquitectura y la memoria, el recorrido del festival se desplegó durante tres días por la Almendra Medieval y el Ensanche, por los barrios históricos de San Martín, Lovaina, El Anglo, Coronación y Mendizorrotza, y por escenarios interiores como el Palacio de Europa y la Fundación Vital.
Igual que si lanzaran espadas, en la catedral de Santa María unos haces de luz blanca atravesaban la nave en la instalación del artista visual francés Guillaume Marmin, que con su título 1.3 Seconds aludía al tiempo que tarda la luz en su viaje de la Tierra a la Luna. Sobre nuestras cabezas, en la oscuridad de la bóveda, las luces encendían y apagaban rítmicamente el aire, como presencias que se manifestaran latido a latido, hablando entre ellas con un lenguaje de otro mundo. También de Marmin era el emocionante montaje Oh Lord que pude ver en la Sala Green Capital del Palacio de Congresos Europa: una enorme bola luminosa que disparaba ráfagas de luz y de la que surgía, tras la ilusión de un eclipse, un astro incandescente coronado por lenguas de fuego, con la que el artista había tratado de explorar nuestra relación con el Sol. Después, en la Sala Almudena Cid de este palacio, los neones trazaron puntos de fuga a lo largo de un túnel luminoso de 35 metros en la instalación Beyond del estudio de investigación audiovisual Playmodes, que envolvió nuestros sentidos a través del sonido multicanal de sus 16 altavoces.
Con un carácter más conceptual, ante el Palacio de Escoriaza Esquivel se agitaba la delicada cascada de láminas iridiscentes en la instalación Jacob’s Wall del diseñador británico Parker Heyl, tiñendo de claridad rosácea y malva su portada con blasón. Un poco más allá, en los Jardines de Falerina, la gente se tomaba de las manos con los grandes monigotes luminosos que formaban un corro en la obra Embrace de Beamhacker / Josh McAuliffe, en un inesperado ritual de comunión. Este creador también firmaba la instalación The Hive en los jardines del Museo de Bellas Artes: un enorme cubo formado por hexágonos de neón que vibraban al ritmo de una banda sonora creada por el productor Mike Midnight, para recordarnos la importancia de las abejas en un mundo cuya biodiversidad se ve hoy tan amenazada.
En la Fundación Vital el artista visual francés Oliver Ratsi jugó con las dimensiones intangibles del espacio en su obra inmersiva Negative Space, donde la luz que incidía sobre una espesa neblina generaba un espejismo de paredes inexistentes que los asistentes atravesaban como fantasmas y trataban de fotografiar inútilmente. La instalación Satellites del dúo creativo Nonotak en el patio del Colegio Santa María parecía sumergirnos en otra dimensión sin tiempo con la interacción de geometría y movimiento generada por dos líneas de luces blancas que giraban movidas por un sonido hipnótico. En los jardines del Palacio de Zulueta los segmentos de luz que componían la obra Flux, del colectivo multigeneracional Scale, flameaban exactamente sincronizados ejecutando una hermosa coreografía, igual que un extraño organismo estirando y contrayendo su cuerpo al bailar.
El público pareció disfrutar sobre todo con la espectacularidad de las grandes proyecciones sobre fachadas como la que vimos en la Plaza de la Provincia, obra del colectivo de diseñadores de videoescena dLux.pro, que en su montaje Haitz-Argia desarrollaban una narración fantástica sobre la memoria de los pueblos, haciendo brotar de las piedras selvas y montañas, dioses, guerreros, hadas y criaturas de leyenda. O la que cubrió la efigie de la Catedral Nueva con un bellísimo caleidoscopio de formas geométricas en Ecos del orden invisible, del artista visual Javier Riera, que recorrían la piel del edificio trazando con sus líneas una nueva arquitectura.
Ecos del orden invisible, de Javier Riera
La asociación cultural Argia 3, directora y productora del evento, tradujo con su instalación inmersiva en el atrio de la Escuela de Artes y Oficios el espíritu del festival de este año: Luz que une. Allí pudimos compartir la experiencia de un espacio inundado de colores encendidos cuyas suaves formas nebulosas reptaban por paredes, suelo y techo, donde las notas susurrantes de un piano nos inducían a una especie de recogimiento. La luz es un lenguaje universal, pensé, y silencioso. Y mientras observaba a las personas a mi alrededor, dejándose llevar como yo por aquel instante, pensé también que en este tiempo donde nos encontramos todos ahora quizá necesitemos más luz que nunca. Una luz que nos una.
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